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El origen del laberinto

El término “laberinto”, con el que se designa a un símbolo utilizado por la humanidad para representar un largo y dificultoso camino, quizá de iniciación, proviene de la palabra labrys, λάβρυς en griego, hacha de doble filo, formas que decoraban las paredes del palacio de Minos en Creta, el lugar en el que se sitúa la leyenda de Teseo, donde el héroe mató al Minotauro, criatura mitad humano y mitad toro.
Herodoto también llamó así al templo de Amenemhat III, faraón de la dinastía XII, en Al Fayum, Egipto, el complejo funerario más grande del Imperio Medio, generalizando la denominación para designar cualquier sitio de trazado complicado en el que se pierde la orientación y resulta difícil encontrar la salida.
En algunas catedrales medievales también existen laberintos conocidos como “Chémins à Jérusalem” porque eran sustitutivos de una peregrinación a Tierra Santa si el fiel los recorría en oración y de rodillas. Uno de los ejemplos más significativos es el de la catedral de Chartres, que tiene un diámetro de doce metros y un recorrido de unos doscientos.
Pero a partir del Renacimiento pierden su significado simbólico o de iniciación y en los jardines de los palacios se construyen laberintos de muros de ciprés u otra espesa vegetación con un complicado trazado para simple diversión.

Laberinto Borges en la Monasterio de San Giorgio Maggiore de Venecia

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